Malvinas
El coraje de la Aviación Naval
El sol del 25
21-6-2012 | Un 25 de mayo cualquiera, dos pilotos de la Armada Argentina hunden un buque inglés. No podían creerlo; lo habían soñado tantas veces. Era 1982 y en la guerra por las Malvinas se peleaban batallas aeronavales memorables.
Los dos pilotos, luego del ataque al buque inglés.
Los dos pilotos, luego del ataque al buque inglés.
 
Por Mariana Osca y el capitán de corbeta retirado Julio Barraza






E
n Río Grande, el 25 de mayo de 1982 había amanecido gris y con la niebla típica de esta época del año. El frío se sentía en la cara y en las manos. El “pelado” García y sus huestes –los mecánicos y los de Armamento– madrugaron para reagrupar los aviones en la plataforma frente al hangar, prepararlos y dejarlos en condiciones de vuelo.

Tal como recuerda el capitán de corbeta retirado Julio Barraza, veterano de la guerra, hacía ya varias noches que corrían rumores de ataques de comandos ingleses. Esa pequeña base en la Isla Grande de Tierra del Fuego albergaba un puñado de aviones que provocaban nerviosismo y ansiedad en los británicos: los Súper Etendard de la Armada Argentina.

Sabían que los ingleses querían dejar fuera de combate a los Super en tierra porque representaban una importante amenaza para su Fuerza de Tareas, así es que todas las noches los distribuían por distintos lugares de la base para tratar de ofrecer un blanco disperso en caso de que fueran atacados en tierra.

Los encargados de Armamento eran los responsables de sacar los misiles Exocet de los contenedores presurizados y colocarlos en los dos aviones preparados para volar ese día: el 2-A-203 y el 2-A-204. Luego desplegaban sus maletitas negras y realizaban toda una secuencia de pruebas electrónicas para dejarlos en condiciones operativas.

"Toro" y "Mate" —los entonces capitán de corbeta Roberto Curilovic y teniente de navío Barraza— ya sabían que eran la pareja que debía salir ese día, por lo que se vistieron para la ocasión: calzoncillos largos, camiseta strindex, medias gruesas y encima de todo eso el ponderado traje antiexposición o “goma”, que se suponía que les permitiría prolongar la supervivencia por una hora en caso de que cayeran a las heladas aguas del Atlántico sur, escenario que sobrevolarían. La realidad, seguramente, era que aguantarían mucho menos.

En la salita improvisada de Operaciones ya se respiraba adrenalina. Repasaron procedimientos de vuelo, ataque y emergencias y actualizaron la información del enemigo. El vuelo se iba a realizar en total silencio electrónico y de comunicaciones.

“Nos encaminamos hacia los aviones y no escaseaban los saludos y deseos de suerte y de éxito en la misión que íbamos a ejecutar aquel 25 de mayo. Hicimos la inspección visual externa alrededor de cada avión y nos montamos”, rememora el capitán Barraza.

El mecánico los ayudó a amarrarse al asiento eyectable. Pusieron en marcha el avión, cerraron las cabinas y comenzaron a preparar los aviones para iniciar el carreteo; pero nadie les daba la seña. Expectativa e intriga. 20 minutos de espera en plataforma y les ordenaron apagar motores.

40 minutos después volvieron al hangar, se subieron a los aviones, los pusieron en marcha y, esta vez sí, los mecánicos les hicieron la seña de iniciar el rodaje. Se alzaron los brazos y se iluminaron los rostros de aquellos hombres de la Segunda Escuadrilla Aeronaval de Caza y Ataque que ponían todo de sí para contribuir al éxito de una misión.

“Sentimos alivio, al menos, de saber que dábamos los primeros pasos. Pero también ansiedad e incertidumbre por todo lo que quedaba por delante”, cuenta Barraza.

Listos para el despegue en cabecera. Señas con las manos y potencia al máximo. Afuera, el trueno de dos nobles turbinas. Adentro, el galope de dos valientes corazones. Soltaron los frenos y pronto levantaron vuelo.

Mar y cielo. Cielo y mar. Inmensa masa gris azulada, uniforme y apacible. No parecía el escenario de una guerra. Lo que sigue salió como tenía que salir ya que lo habían practicado cientos de veces. Se encontraron con el KC-130 de la Fuerza Aérea Argentina y se reabastecieron, uno de cada lado. Descendieron suavemente hacia el Este y comenzaron la fase de ataque. Perfil bajo para evitar ser detectados y acercarse sigilosamente a un punto que supuestamente se encontraría a unas 50 millas de un blanco que había sido designado indirectamente por información del radar de Puerto Argentino: una concentración de actividad de despegue y aterrizaje de aviones y helicópteros a unas 100 millas al Noreste.

El mar apenas encrespado con suaves olas y un pálido sol austral a sus espaldas. Repaso de la lista de chequeo. Preparación final para el lanzamiento del misil.

A muy baja altura, dos saetas descontaban distancia aceleradamente. Cuando llegaron a las 50 millas previstas, con un doble pulsado del botón de radio, sincronizaron un ascenso hasta unos 300 pies, lo suficiente como para permitir aumentar el horizonte radar y confirmar el blanco. Dos barridos del radar y no podían creer lo que estaban viendo.

“Tantas veces habíamos deseado vivir ese momento que nos parecía estar soñando. En pantalla aparecieron tres ecos: uno grande en el centro y dos chicos, uno arriba y otro abajo. 'Toro' rompió el silencio ‘al más grande’. Por un segundo pensamos que podía ser el ‘Invencible’… y que tal vez podíamos llegar a cambiar el curso la guerra —recuerda patente el capitán Barraza—. Una gota de sudor corrió por mi frente y se me metió en el ojo izquierdo."

Los radares quedaron “enganchados” tras un gatillazo y a partir de allí fue cuestión de seguir los procedimientos previstos, oprimir el botón de lanzamiento y esperar. Esperar y seguir esperando… y es que a pesar de que el corazón les latía agitadamente, el tiempo pareció detenerse... Tres segundos que parecieron una eternidad. “Con el rabillo del ojo, vi salir el misil de 'Toro' y en ese momento oí un estampido y sentí un fuerte sacudón… mi dardo letal dejó la nave, cayó unos metros y se aceleró rápidamente dejando una estela blanca”, dice "Mate".

Los misiles se encaminaron raudamente hacia el blanco. "Toro" y "Mate" giraron cerradamente hacia la izquierda buscando el rumbo opuesto a toda velocidad.

Mar dorado. Cielo púrpura. El sol del 25, bajando. La flota inglesa sabe que está siendo atacada. Dos Súper Etendard de la Armada Argentina hunden al portacontenedores HMS “Atlantic Conveyor”.

 
 
El portacontenedores británico HMS
El portacontenedores británico HMS "Atlantic Conveyor" se usaba para transportar aviones y helicópteros de guerra.
Curilovic y Barraza, los dos pilotos aeronavales, con un Súper detrás.
Curilovic y Barraza, los dos pilotos aeronavales, con un Súper detrás.
Dos aviones Súper Etendard, uno de ellos lanzando un misil Exocet.
Dos aviones Súper Etendard, uno de ellos lanzando un misil Exocet.