Malvinas
La “lotería” de las balsas
3-4-2012 | Al límite de combustible, un avión Neptune de exploración avistó a los náufragos del crucero “Belgrano”, al otro día del hundimiento. Así vivió esas instancias el suboficial mayor Juan Carlos Olivera, radarista de la aeronave.
El suboficial Olivera explica qué tuvieron que pasar para encontrar a los sobrevivientes.
El suboficial Olivera explica qué tuvieron que pasar para encontrar a los sobrevivientes.
 
Por Jazmín Ullevicius



E
n la ciudad de San Juan vive el suboficial mayor retirado Juan Carlos Olivera, quien en 1982 estaba destinado en la Base Aeronaval Comandante Espora. Allí vivía con su familia y volaba como radarista del avión de exploración Neptune 2-P-111.

Como preparación para el conflicto, a los aviones de exploración se les realizó una serie de adaptaciones que no se habían probado antes, como colgarles torpedos en las alas. El 22 de marzo salieron para las Malvinas.

Al producirse el 2 de mayo el hundimiento del crucero ARA “General Belgrano”, los Neptune recibieron la orden de busca alos sobrevivientes en la zona donde fue atacado el buque, a 90 millas a la altura del cabo Punta San Juan, al este de la ciudad fueguina de Ushuaia.

En ese momento salió el otro Neptune que voló desde la tarde del 2 hasta el día siguiente a las 6 de la mañana; lo relevó el avión en el que volaba el suboficial Olivera, que continuó la búsqueda.

A bordo del avión estaba el comandante de la Escuadrilla Aeronaval de Exploración, en aquel entonces capitán de corbeta Julio Pérez Roca, y el piloto de la unidad era el teniente de navío Luis Guillermo Arvini.


 Al amanecer del 3 de mayo vieron unos tanques de combustible y en la segunda pasada una mancha de aceite; entre una y otra pasada habían transcurrido cinco horas. Luego cambiaron la manera en que venían haciendo la búsqueda, acotando la distancia, extendiendo la longitud y siguieron la estela de mancha de aceite.

“Afuera había mar cinco, un viento infernal y un techo para volar de 300 metros. Todo en contra. Decidimos volar entonces a 200 metros y fue cuando el vigía de popa vio pasar algo naranja”, recordó Olivera.

“Llegamos en ‘lotería’, que en la jerga del aeronáutico significa que es la mayor distancia que puede alejarse el avión para poder volver y aterrizar seguro. Hubo silencio porque hasta ese momento no habíamos encontrado nada y fue cuando el comandante le preguntó al oficial de control ‘si usted estuviera en la balsa, ¿le gustaría que lo sigan buscando?’”, dijo Olivera.

Esa misma pregunta se la hizo a toda la tripulación. Siguieron en vuelo una hora más, corriendo el riesgo de quedarse sin combustible para regresar al continente.

Los tripulantes del Neptune pegaron un grito cuando vieron las primeras 3 balsas, el vigía guió al piloto y descendieron para verlas de cerca porque las ondulaciones del mar las tapaban.

“Uno sabe que el que está abajo es un compañero y está con la idea de hacer las cosas bien, pero era muy difícil localizar las balsas, estaban muy dispersas. Es orgullo el que tengo de haber pertenecido a la tripulación y al localizarlas supimos que no iban a quedar tantos en el camino”, concluyó Olivera.

Con el dato de ubicación todavía faltaba rescatar del mar a los sobrevivientes. Los destructores ARA “Piedra Buena” y ARA “Bouchard”, en una colosal operación de rescate, recuperaron a 793 tripulantes del “Belgrano”, de los que 770 regresaron con vida al continente.

Los aviones de exploración volvieron el 16 de junio a su base, habiendo volado cerca de 900 horas.

Después de 28 años, los tripulantes del Neptune 2-P-111 volvieron a juntarse todos. Ya retirado y viviendo en su ciudad natal, Olivera viajó a Ushuaia donde la provincia de Tierra del Fuego les otorgó una medalla en reconocimiento a la búsqueda y encuentro de los sobrevivientes del “Belgrano” en altamar.
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