1-3-2012 | Sobreviviente del crucero "Belgrano", el mendocino Salvador Alberto Mangano siente que la gente los olvidó y que las islas quedaron "tras un manto de neblina". Cuenta lo difícil que fue volver.
Por Soledad Llobet
E
l teniente de fragata Salvador Alberto Mangano, de Campo Los Andes (Mendoza), tenía 30 años cuando ingresó en 1981 al crucero ARA “General Belgrano”. Como ingeniero, se desempeñó en la División Electrónica, donde realizaba tareas de reparaciones en los sistemas de control y electricidad que se distribuían en los más de 180 metros de extensión del buque.
“Cuando al año siguiente se inició el conflicto por las Malvinas y la Argentina decidió tomar las islas, un sentimiento de soberanía llenó los ánimos de todo el mundo; incluso gente con otras ideas políticas llegó a ponerse de acuerdo para apoyar la decisión. La aprobación fue tan genérica y grande que nos sorprendió a todos los que estábamos a bordo”.
A principios de 1982, el crucero se encontraba en los Talleres Generales, tras haber cumplido una etapa de navegación de más de 30 días y fue "una verdadera carrera poner todo en orden para zarpar".
En esa carrera, Mangano fue nombrado oficial de Guerra Electrónica, por lo que debió asistir a reuniones en el Comando de la Flota de Mar: "Si los ingleses dijeron que iban a venir, van a venir”. Esa era una certeza.
Finalmente, el crucero zarpó el 16 de abril rumbo al sur.
Los impactos
El 2 de mayo de 1982, a la hora del ataque al "Belgrano", el teniente Mangano iba del taller de Electrónica del barco hacia su camarote en busca de unas herramientas. En ese momento, el primer torpedo del submarino británico HMS "Conqueror" hizo que el buque se plantara en seco.
"Me caí de la silla. Y a los pocos segundos, un impacto en proa hizo que todo trastabillara —cuenta—. Se habían producido los dos disparos de la Marina inglesa. Inmediatamente, abrí la puerta y sentí un humo denso que avanzaba en la oscuridad total”.
Con su pequeña linterna, Mangano alumbró el paso de los camaradas que provenían de las cubiertas inferiores, algunos sin ropa, sin salvavidas o con quemaduras de alto grado provocadas por el vapor de los conductos que estallaron por el impacto de los torpedos.
“Una vez abierta la escotilla, lo primero que vi fue que faltaba la proa y que se alejaban nuestros dos destructores [el ARA "Piedra Buena" y el ARA "Bouchard", que formaban parte del grupo de tareas del crucero]. El buque ya empezaba a escorarse y veía cómo el agua iba inundando las cubiertas bajas. Esperábamos más impactos y la gente seguía tratando de salir de los sollados y subir”.
El hundimiento
Mangano fue de los últimos en saltar a las balsas y tras él, otro camarada que al impactar contra su cuerpo, le provocó graves lesiones en la zona dorsal y lumbar.
“Los daños en mi cuerpo se fueron intensificando con el paso del tiempo. Uno de los problemas derivados fue una polineuropatía periférica, que hace que no tolere ni el roce de la ropa”, dice.
A pesar de que le costaba enfocar su visión, Mangano organizó la balsa con los demás ocupantes y se empeñó en rescatar a quienes habían caído al agua.
“Queríamos agarrarlos del pelo, como aquella tradición antigua que indicaba que los marineros debían tener pelo largo para poder ser rescatados —cuenta—. Nosotros teníamos el pelo muy corto. Muy pocos pudieron ser salvados.”
En su balsa eran 20 náufragos y uno estaba totalmente quemado con vapor. Además, estaban pegados al crucero, que se hundía y podía succionarlos.
"La proa se veía como una rosa de acero abierta —recuerda—. Desesperados, intentamos empujarnos hacia fuera con dos remos pequeños, pero era imposible. Hasta que de pronto rebotamos con el borde de la proa abierta. Por suerte, la balsa resistió y el viento nos alejó del buque."
La supervivencia
Unos 20 centímetros de agua y petróleo cubrían el piso de la balsa donde debían sentarse los tripulantes: "Buscamos las reservas para cubrir a las personas desvestidas, pero sólo había dos bolsos, todos mojados y con muchos paquetes de cigarrillos dentro. Y en los elementos de supervivencia encontré sólo pastillas, con una descripción en inglés que se desdibujó ni bien la toqué. Nunca supe qué eran, pero atiné a dárselas a un herido”.
El teniente continuaba con la visión borrosa y sin poder pararse. Entonces se levantó una tormenta con vientos de más de 100 kilómetros por hora, olas de más de 10 metros de altura y truenos ensordecedores.
El agua tenía una temperatura de 2 grados y una sensación térmica afectada por una corriente de aire marina extremadamente fría. El movimiento a bordo se tornaba extremo, en medio de la oscuridad total.
“La luz de la balsa duró unas pocas horas. Afortunadamente tenía en el bolsillo la linterna que había armado con unas baterías descartables. Con ella iluminaba cada vez que debíamos reacomodarnos para mantener el equilibrio dentro de la balsa. Todos tratábamos de sobrevivir”, cuenta Mangano.
Llegó el amanecer y la tormenta menguó un poco. Hubo una bruma espesa, con una resolana muy suave y un viento sumamente fuerte.
“La mayoría optó por hacer silencio para no gastar energías y de conservarnos todos unidos para mantener el calor. Veíamos de vez en cuando la luz de los buques que realizaban los rescates, no así otras balsas."
Los rescató el aviso ARA "Gurruchaga", a las 4 de la madrugada del martes 4 de mayo: “Pasadas esas 36 horas a la deriva, para nosotros fue un renacer”.
El retorno
“Cuando subimos al aviso, me recosté junto a un amigo que encontré a bordo, con mis piernas hacia arriba. Permanecí sucio de petróleo hasta el desembarco. Entonces saqué unas sábanas y, cortándolas, hice unas medias para los pies y me cubrí el cuerpo.”
Así caminó Mangano por la plataforma de arribo a Ushuaia, donde logró lavarse con agua y le dieron ropa nueva y tomó un avión hacia Bahía Blanca.
En la Aeroestación Espora aguardaba el padre de un amigo suyo para llevarlo a su casa en Punta Alta. Cuando llegó, su esposa lo esperaba con su panza de embarazada y sus hijas de 4 y 4 años.
“Una de las cosas que pensaba en la balsa era si iba a poder llegar a conocer a mi hija Valeria, que nació a los pocos días de mi regreso”, cuenta Mangano.
Pasaron tan sólo unas pocas horas, luego del arribo, cuando lo llamaron desde la Base Aeronaval Comandante Espora para regresar al trabajo.
"¿Qué me dejó el crucero? Mucha experiencia, una pequeña cuota de sabiduría, serios problemas de salud y sinsabores. Pero el crucero, nada me quitó.
Hoy, con 61 años y ya retirado de la Armada, Salvador Mangano asegura que a pesar del tiempo “lo vivido es muy difícil de sintetizar”.
“Todos los que sobrevivimos a esta guerra llevamos muy adentro el sentimiento de 'los que quedamos'. Nos dolió muchísimo perder a muchos seres queridos. Y cuando volvimos, que fue en la época del mundial de fútbol, ya la gente no le prestaba atención a la guerra —se lamenta—. Sentíamos que lo sucedido era culpa nuestra. Aún todavía, a las ceremonias por el hundimiento del crucero concurren los obligados a estar. Hay 'un manto de neblina', como dice la
Marcha de Malvinas, que siempre estuvo presente y sigue latente. Hemos sido olvidados, relegados."
Y agrega: “Es la primera vez en 30 años que alguien me pregunta por lo sucedido”. Salvador Mangano vive actualmente en Bahía Blanca, está casado y tiene 3 hijas y también nietos.