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Historia Naval
El confinamiento de Azopardo en España
25-2-2011 | El jefe de la primera escuadra patriota luego de la derrota de San Nicolás fue enviado preso a España por los realistas. En las cárceles de la monarquía pasó la peor etapa de su vida.
 
El coronel de marina Juan Bautista Azopardo es conocido por haber participado como comandante de la pequeña fuerza naval que se batió contra los españoles sobre el río Paraná hace exactamente dos siglos, un 2 de marzo de 1811, lo que significó el bautismo de fuego de la Armada Argentina. Existen sin embargo, aspectos de su vida pocos conocidos pero no por esto menos relevantes e interesantes. En este artículo se hará mención al confinamiento que sufrió en España luego de la derrota en San Nicolás de los Arroyos.

Azopardo nació en la ciudad maltesa de Senglia el 20 de febrero de 1774. Desde joven su interés por el mar lo llevó a actuar como corsario en Europa con patentes otorgadas por el gobierno francés. A principios del siglo XIX llegó a las costas del Río de la Plata como segundo comandante del buque corsario de bandera española “Dromedario”. Al producirse la primera invasión inglesa en 1806, participó de la reconquista de Buenos Aires bajo el mando del capitán de navío Santiago de Liniers.

Producida la Revolución de Mayo y ante la imperiosa necesidad de organizar una escuadrilla naval para disputarle los ríos a la corona española, la Junta Grande decidió nombrarlo jefe de la escuadra patriota y el 2 de marzo se enfrentó contra los realistas en San Nicolás de los Arroyos.

La derrota de los rebeldes en manos de los españoles significó la captura del marino que se encontraba a bordo de la goleta “Invencible”. En este punto, tuvo que afrontar dos sumarios en su contra: uno elaborado por el gobierno porteño, donde se lo acusaba de mala conducción del personal y una táctica de combate errónea. El otro, realizado por los realistas que lo declararon insurgente por batirse en lucha “con pabellón y gallardete españoles”.

Fue sentenciado al confinamiento forzoso en presidios de la Península Ibérica, arribando a la ciudad portuaria de Cádiz el 1º de julio de 1811. Ni bien llegó, las autoridades españolas lo trasladaron al castillo de San Sebastián que hacía las veces de custodio de la urbe frente al asedio constante de los franceses y funcionaba como presidio para los presos políticos de la época.

El castillo gaditano fue una fortaleza inexpugnable desde el siglo XVII hasta que finalizaron los ataques franceses a la zona en 1812. Se encontraba comunicado con la ciudad por un malecón que era desbordado por la pleamar y lo mantenía incomunicado de tierra firme. Las condiciones de habitabilidad en las celdas eran pésimas. Sin ventilación ni luz natural, con humedad que se filtraba de las paredes y engrillado a las paredes pasó poco menos de cuatro años, siendo traslado el 15 de febrero de 1815 al castillo de la Cortadura, a mitad de camino entre Cádiz y San Sebastián. Allí estuvo preso durante nueve meses.

Mientras tanto, el Primer Triunvirato intentaba ayudarlo mediante su agente secreto en España con el objetivo de lograr un salvoconducto que lo excarcele del presidio o un escape del mismo. Sin embargo, los intentos llevados adelante por el gobierno patrio no rindieron los frutos deseados y el marino maltés siguió en un largo y penoso confinamiento.

La llegada a la Península Ibérica del general español Gaspar de Vigodet a principios de 1815 desde Montevideo tuvo como consecuencia la salvación de la pena capital del marino a la cual había sido condenado. El ex gobernador de Montevideo se presentó ante el gobernador de Cádiz para que suspendiera la ejecución, so pena de aplicarse el mismo trato a los cautivos españoles en el Plata. En ese entonces, el maltés ya se encontraba prisionero en Ceuta.

Esta se encuentra en el extremo norte de África y la mazmorra que se ubicaba sobre el monte Hacho era la más conocida por la crueldad con la que trataban a sus prisioneros. Allí, Azopardo pasó otros cinco años de penoso confinamiento. Las condiciones de vida mientras estuvo encarcelado en este fueron para él de las más duras. Engrilladas sus piernas en todo momento con una cadena que remitía a la pared, sentado sobre una piedra, teniendo el piso como cama, semidesnudo con solo una camisa y pantalón, y en un ambiente húmedo y frío trascurrió sus últimos años de presidio. Decía en 1825:

“…estuve preso por espacio de diez años sufriendo las más horrorosas prisiones, en cárceles y castillos, de calabozo en calabozo, encerrado, sin luz ni comunicación…tratado de insurgente, por no haber negado jamás de ser americano, con el carácter firme de un verdadero insurgente a la monarquía española y teniendo la desgracia de que fueran vanas todas mis tentativas para salir de mi horrorosa situación…”

Al producirse la sublevación liberal del coronel Rafael de Riego en España el 1º de enero de 1820, el marino maltés consiguió del nuevo gobernador constitucional de Ceuta un salvoconducto para trasladarse a la ciudad de Algeciras. De allí pasó a Gibraltar, territorio de ultramar británico, donde embarcó hacia Buenos Aires. Llegó a esta ciudad el 26 de agosto de 1820, poniéndose inmediatamente a disposición para luchar en las filas porteñas y siendo recibido de manera cordial por las autoridades.

Juan Bautista Azopardo tuvo que padecer un largo período de su vida en las mazmorras españolas, sufriendo un régimen destinado a los reos más peligrosos de Europa y negándosele un trato digno y caballeresco que fuese conferido por su condición de militar. En el Río de la Plata, los conflictos internos que se sucedían sin solución de continuidad hacia 1820, no dieron lugar para un recibimiento con los honores que merecía quien comandó la primera escuadrilla naval y pasó una década de su vida en condiciones infra humanas en presidios españoles. Años más tarde, combatió en la guerra contra el Imperio del Brasil.

El 23 de octubre de 1848 falleció en Buenos Aires, trasladándose sus restos una centuria más tarde a la ciudad de San Nicolás, donde se erigió a metros del Paraná un obelisco con su escultura. En el bicentenario del primer combate naval de las fuerzas patriotas resulta imprescindible recordar a este audaz y valiente marino que defendió a su patria de adopción como si fuese la suya, luchando con tesón por su vida tanto en las batallas como en su presidio peninsular.

Teniente de fragata Francesco Venturini

Departamento de Estudios Históricos Navales